Recuerdo el último concierto, en el que vibramos con la música de unos plenos desconocidos. El cine de calle en el parque de enfrente, los karaokes improvisados, las tardes estudiando para septiembre. Las largas caminatas en bici con el fin de encontrar el sitio, si, el sitio perfecto para pasar las tardes de calor a orillas del río. Las quedadas de viernes a domingo, el despertador de la una en punto, los desayunos de las tres de la tarde, el sonido del timbre a media noche. Las cenas improvisadas, las noches caminando sin rumbo por las calles, la canción de siempre, la misma que escuchamos y cantamos una y otra vez y hoy retumba en mi cabeza.
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